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¡Uf!, qué alivio. Al menos esto que siento –inquietud, inseguridad, confusión– ¡tiene un nombre! Eso pensé cuando supe a qué se debían esos sentimientos, al mismo tiempo que me cuestionaba el sentido de mi vida, mi trabajo y demás. Una pesadilla.
Esto lo viví después de que le platiqué a Pablo mi esposo, cómo me sentía y me dijo: "Lo que tienes se llama 'crisis de los 40'"… Después de investigar me enteré que es algo de lo que nadie se salva. Sus síntomas aparecen muy sutilmente a los 28 años, y se declaran francamente alrededor de los 42, el medio día de la vida.
Al acercarnos al cumplimiento de las décadas, no importa si se trata de cumplir 30, 40, 50, 60, 70 u 80 años, el cuerpo nos avisa de distintas maneras que ahora sí, ya empezamos a dejar de ser jóvenes –o tan jóvenes–, aunque generalmente el concepto que tenemos de nosotros mismos no está de acuerdo con esos indicios, por lo que nos enfrentamos a una serie de cuestionamientos.
Es por eso que no es de extrañar que en esta etapa nos encontremos con uno de los "dragones más grandes del miedo", como llama Roberto Pérez, quien basó sus conclusiones en el estudio de diversas culturas y filosofías, a los temores que enfrentamos en la vida. El miedo de esta fase es a la pérdida: perder habilidades, atractivo, juventud o hasta la vida; así como estabilidad económica y profesional –ya no somos el joven con una vida por delante y eso nos provoca un gran temor.
Entender esta transición nos ayudará a cambiar el pensamiento: "Algo está mal conmigo", por: "Lo que siento es un proceso de transformación natural".
Hombres y mujeres enfrentamos este miedo de diferentes maneras, y cada persona lo vive en su momento.
El hombre siente que ya no es el mismo de antes. Surge el miedo a perder su tiempo, su virilidad, su energía. Se resiste a darse cuenta de que el pelo se adelgaza y la cintura se ensancha. Se vuelve más irritable. Su esposa le parece quisquillosa, gruñona, controladora y ¡llena de mañas! Aparece una crisis de identidad que busca resolver a través del ejercicio, se inscribe a maratones o se vuelve un iron man. De lo que huye es de la vejez. O bien, busca un coche deportivo, fantasea románticamente con terceras personas –más jóvenes–, creyendo que le van a proporcionar una vida distinta.
La mujer se mira al espejo y se siente incómoda: "Ya no soy tan joven como antes"; se da cuenta de que su cuerpo ha cambiado y comienza a sentirse invisible a la mirada de los hombres. La cirugía plástica ya no le parece tan descabellada. Se enfrenta a la "pérdida" de su maternidad. Muchas mujeres identificadas con ese papel, no saben qué hacer con ellas mismas cuando se acercan a los 42 años. Se aferran a sus hijos para sentirse seguras, se resisten a ver la realidad de que ya no las necesitan.
Para quitarnos este miedo la sociedad de consumo nos grita "compra más", "una cirugía es la solución", "ten más relaciones sexuales"; pero estas cosas no son más que espejismos en la carretera.
El elemento natural que sana en esta etapa es la luz, se recomienda tener contacto con el sol para iluminar la vida interior, la conciencia, más allá de la mente, del ego y sus complicaciones. Afianzarte en lo que eres para tener claridad, para "ponerle sol a la propia edad", como dice Pérez. Darle tiempo a la soledad, a la introspección y sentir la protección, la calidez de la luz en el cuerpo y escuchar lo que éste nos dice.
Continuaremos…