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Hablemos de los miedos…(III)

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¡Hay la adolescencia! Un día nuestro pequeño hijo, se levanta de la cama y se encuentra con que todo su mundo cambió: sus papás, sus hermanos, sus maestros y hasta su cuarto. Ya no se identifica con la decoración que otrora le ilusionaba, ni se divierte con las mismas cosas que antes. Ya creció.

Y como el cruzar de un lado al otro del río, ese niño grande, tendrá que pasar por las nada fáciles aguas turbulentas para así llegar a la adolescencia. Mismas que serán: frías, fuertes, cambiantes, divertidas y riesgosas.

Sin embargo los cambios que en el exterior le asaltaron por sorpresa, no son nada comparados con los que inician también en su interior, a causa de las hormonas. Esto lo hace estar rebelde, sensible y confundido. Así mismo, para los papás comienza también, una etapa difícil. Es por eso que saber cuál es el "dragón del miedo", como lo llama Roberto Pérez, al que el joven se enfrenta, nos servirá para comprenderlo mejor y hacer de esta transición, lo más tersa posible para todos.

De los 14 a los 21. El miedo es al cambio.

Este miedo lo vive en relación a muchas cosas, pero en especial a cuatro: a su cuerpo, sus emociones, sus papás y al sexo opuesto.

El cuerpo, antes ignorado, ahora se hace notar, todo en él cambia: la voz, el tamaño, el olor, descubre vellito en todos lados. Los pies, brazos, nariz, pechos o quijada les crecen de manera desproporcionada, en fin. De su ropa, nada le queda. El niño lo único que piensa es ¿Hasta dónde va a parar todo esto?

En cuanto a sus emociones, no se entiende ni a sí mismo. Se siente incomprendido, se vuelve enojón, poco paciente, contestón. El joven comienza a reafirmarse como individuo, busca su propio espacio, su personalidad, probar las cosas por sí mismo; lo que lo lleva a tomar distancia de sus papás y a sentir grandes inseguridades.

El joven ve en sus papás, –antes sus héroes y ejemplos a seguir–, todos sus errores: "No saben todo como yo creía, él ya se quedó pelón, ella ya tiene arrugas, y ninguno de los dos tiene idea del mundo actual". La comunicación maravillosa, se acabó; ahora se reduce a monosílabos.

Comienza el despertar sexual, la auto–exploración de su cuerpo. El sexo opuesto, antes un ser más en el planeta, ahora le provoca mariposas en el estómago y curiosidad comos si de un extra terrestre se tratara.

¿Como ayudarlos? Una palabra clave es: seguridad. Como papás, nos toca proporcionarla. Pero ojo, esta palabra es muy engañosa, no significa darles cosas materiales. Significa ser firmes en los valores, estar sólidos, bien plantados, ser congruentes y consistentes entre lo que digo y hago. Que el joven sepa, que él puede ir y venir, rebotar que siempre habrá en su casa quien le diga: puedes contar conmigo. "Antes, solíamos ser los capitanes en su vida, ahora nos toca ser faros de luz, para ser un referente en su vida", comenta Pérez.

La otra palabra clave es: paciencia. "Todo pasa", como me dijo un día mi mamá, –madre de siete hijos– el día que la hablé desesperada al tener tres adolescentes en casa. Nos toca confiar en ellos, en lo que les inculcamos y ven como ejemplo en casa. "Las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra," recordemos.

El elemento natural que le ayuda en esta transición es el aire. Contrario a lo que los antros llenos de humo le ofrecen, el aire en espacios abiertos, en especial si practica algún deporte, lo sana. Ir a las montañas, al campo, al mar, le abre el corazón, lo abre a las ideas, a la salud y al contacto consigo mismo.

Continuamos…