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El niño de la selva: un enigma

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Desde que conocí la verdadera historia, que después el director François Truffat, esteralizó en los años sesenta; mi concepto sobre la responsabilidad de los adultos con los niños, se amplió por completo.

Se trata del único caso científicamente documentado; un niño salvaje de alrededor de 12 años encontrado en los bosques de Aveiron, en francia por tres cazadores a finales de 1799.

Te invito a qué intentes imaginar lo siguiente: llegas a este mundo y eres abandonado dentro del bosque. Estás solo; completamente solo. Desnudo y sucio corres en cuatro pies, trepas los árboles, bebes de los arroyos y buscas afanosamente bellotas y raíces para alimentarte. Tu cara y manos están llenas de cicatrizes. Así pasas 12 largos años en donde nunca tienes contacto con nadie.

Un día, los científicos te encuentran y te estudian en un laboriatorio como si fueras un espécimen extraño. Nadie se explica quién te alimentó de bebé, ni quién te dio cobijo durante los rigurosos inviernos. Te nombran Victor. Les llama mucho la atención darse cuenta que tu organismo está deteriorado. No sientes frío ni calor, y tu mirada de ojos negros es como la de un animalito; sin embargo tienes muy buena visión nocturna. Tu oído no responde a la mayoría de los sonidos, excepto al crujir de las ramas y los ladridos de un perro; no obstante tu olfato es asombroso.

Tampoco eres capaz de sentir o expresar sentimientos tales como: ira, coraje, o ternura. No tienes conocimiento, no hablas y no sabes quién eres. Muerdes y arañas a quienes se te acercan y no demuestras ningún afecto por quienes te cuidan. Lo único que anhelas es regresar a la libertad.

Como niño ¿qué puedo concluir?

Que al nacer soy sólo un ser humano en potencia. Que sin la relación con alguien como tú, que me interpele, me ame, me exija, me abraze, esa esperanza de llegar a ser "humano" no se cumple y el organismo se deteriora. Que "conocer" viene de co–nacer, sólo a través de comunicarnos te conozco: yo nazco contigo y crezco a través de ti.

Que durante los primeros años de vida, aprendo las cosas más importantes y esenciales que marcarán mi existencia. No es de los discursos que aprendo; las cosas que permanecen dentro de mi se me gravan a través del contacto, el contagio o la seducción. Así que mucho de lo que absorbo es a través de imitarte, por lo que tu presencia física y afectiva me es fundamental; te necesito.

A diario, como adulto, me enseñas algo con tu ejemplo; por lo que que me puedes formar o deformar a tu antojo. De ti aprendo a hablar, a vestirme, a jugar en grupo, a obedecer a mis mayores, a ser violento o, a rezar. De otra manera, ¿a quién y qué es lo que imito?

La Internet o la televisión, pretenden ser mis maestros, y mi principal fuente de sabiduría. ¿Te imaginas?

Es así que los hábitos, las recompensas de caricias y los castigos que me das, la forma en que se hablan los adultos uno a otro en la familia, se convierten en normas tatuadas en mi conciencia; recuerda que me enseñas lo que sabes, pero me transmites lo que vives.

Asi que, papá, mamá, no teman marcar límites, o poner altos. Entiendo que con el afán de hacer agradable la vida en familia, se quieran convertir en mis "mejores amigos". Sin embargo, pierden de vista el verdadero papel de maestros que tienen; y ¿saben? en la antigua Grecia, se le llamaba "maestro", a aquel que contribuía a formar al hombre, a llevarlo hacia la luz, al Bien. Esto no sólo es un valor en sí mismo, también es un acto de coraje y valentía. Porque como el niño de la selva… mi infancia será mi destino.