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Los pasteles que nunca comimos

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Ese día aprendimos que las oportunidades se van, para no volver.

Durante la cena nos divertimos contando historias de miedo que sucedieron en una hacienda del Estado de México en la que nos hospedábamos y que tiene varios siglos de antigüedad. Al despedirnos aquella noche de los amigos, me dirigí a la cocina y con un "buenas noches y gracias" a la cocinera, me fui a dormir tranquilamente.

Al día siguiente, domingo por la mañana, me pareció encontrarme dentro de una película de terror. Con la placidez que da estar en el campo y anticipando el sabroso desayuno que nos esperaba, me dirigí a la cocina. Al llegar a la puerta no pude creer la escena que encontré. "Debo estar soñando", pensé. Tuve que tallarme los ojos varias veces para creer lo que veía. Una cocina fantasma totalmente vacía y negra de hollín de piso a techo. No quedaba nada, absolutamente nada de lo que había la noche anterior. Como si el juego de narrar historias de terror, continuara, y ahora ya habíamos ascendido al siguiente nivel.

Todo era negro, vacío y silencio. Sólo un extraño y fuerte olor. No había el movimiento usual de una cocina por la mañana, como la cocinera elaborando guisos, el olor a café recién hecho, las naranjas recién exprimidas, las cazuelas de barro colgadas a la antigua usanza, la canasta con pan dulce del pueblo, la mesa llena de los ingredientes necesarios para los manjares, así como las ollas encendidas y humeantes. Quise preguntar qué había sucedido, pero no había nadie a mi alrededor a quién cuestionar. La piel se me erizó.

Después de un buen rato de buscar a un ser humano, encontré a mis amigos, más tempraneros que yo, desayunando en un patio aledaño, en mesas improvisadas que el cuidador se encargó de organizar. Resultó que en la madrugada, mientras dormíamos, el contacto del refrigerador tuvo un corto circuito que lo derritió por completo y contagió todo lo que se encontraba a su alrededor. Toda la cocina se quemó. Por fortuna el cuidador se dio cuenta y pidió ayuda a tiempo. Mientras, los huéspedes soñábamos con aventuras.

A todos los presentes este evento nos hizo reflexionar sobre un insignificante detalle sucedido el día anterior. Durante la comida alguien preguntó si sacábamos los tres pasteles de postre que entre todos habíamos llevado. "No, mejor sólo saca uno y los otros dos para mañana", respondimos, pensando como de costumbre que todo permanece para siempre. Nunca los probamos. Parece tonto, ¿no? Créeme que cuando lo vives, no te lo parece tanto. Te das cuenta de la inmediatez de la vida. De lo efímero que es todo. De que las oportunidades pasan en charola sólo una vez frente a ti; y que quizá la mayor parte del tiempo vemos pero no atendemos, oímos pero no escuchamos. Y con frecuencia, no apreciamos.

Aprendimos que de no aprovechar la oportunidad que se nos presenta hoy, mañana quizá ya no esté. No estuvo. Oportunidad de cualquier cosa: de convivir con tus amigos, de jugar con tus hijos, de comunicarte de corazón con tu pareja, de abrazar a tu viejo, de perdonar a tu hermano, de aprovechar la oferta de trabajo disfrazada de mucha presión. "Ahorita no, mejor otro día", nos justificamos.

Después del incidente de esa mañana, en el patio de la vieja hacienda incrustado en la pared encontré un ovalín de cerámica que por la patina se adivinaba muy antiguo, y que decía algo que me impresionó: "La Gavia guarda recuerdos de épocas muertas que ya nadie conserva en la memoria." Al leerlo, pensé: "Entre ellos quedarán nuestra visita y los pasteles que nunca comimos…".