Tu Derecho al Silencio

Dice una querida amiga que la tranquilidad es lo más parecido a la felicidad.

Dice una querida amiga que la tranquilidad es lo más parecido a la felicidad. Es cierto. Sólo que hoy en día el vivir sobre conectados provoca que esta tranquilidad sea cada vez más una utopia.

Si tú querido lector, lectora eres una persona urbana y tecnificada seguro te identificarás con esta situación:

Tu celular está sonando, a tu buzón ya no le caben más mensajes telefónicos, tu bandeja de entrada está saturada de correos por contestar, tu amig@ quiere desahogarse sobre la ruptura con su pareja, y tú llevas varios días con pocas horas de sueño debido a la cantidad de trabajo que tienes.

Y sí, por todos lados escuchamos sobre las ventajas e importancia de conectarnos, pero igual de importante es desconectarnos.

Hay asuntos o personas que, por una misteriosa u obvia razón, en quince minutos –como aspiradora– nos succionan la energía. Y a pesar de ello, por prudencia, obligación, decencia o estupidez, hacemos un esfuerzo por conectarnos. Lo cierto es que, cuando nos esforzamos en relacionarnos con alguien y en realidad no lo deseamos, creamos relaciones falsas y propensas a resentimientos.

Es importante encontrar una “cueva” donde refugiarnos aunque sea por unos minutos, para luego regresar a la calma y a la paz mental. Así que comparto contigo algunas técnicas poco o nada ortodoxas a las que a veces recurro para desconectarme, con la esperanza de que te sean útiles a ti también.

Técnicas para desconectarte

Escóndete. Sin importar lo que esté pasando en tu vida, cuando te sientas saturad@ de cosas, personas, temas por resolver, huye a tu cueva aunque sea por unos minutos: un baño, un coche, tu cuarto, alguna terraza, la mesa más escondida de un café, y siéntate de espaldas a la entrada. Date permiso. Respira hondo por un rato y, de ser posible, escápate a algún lugar por unas horas o días.

Vuélvete primitivo. Con frecuencia amigos, compañeros de trabajo y hasta desconocidos, nos presionan a contestar sus mensajes de texto, correos, recados o faxes. Y sentimos culpa por no poder hacerlo rápido. Incluso sentimos que desconectarnos es como violar una regla social. Sin embargo, cuando me sobre–conecto, cuando no me alejo de todo por un rato o días que se suponen de descanso, me doy cuenta de que me alejo de mí misma y me vuelvo irritable y poco tolerante.

Sé selectivo. El poder conectarte con quien en verdad quieres es de los recursos más valiosos que tienes, y supera cualquier fin material. Así que manéjalo bien. Piensa: ¿quién me roba energía y me agota? y ¿quién me aporta, me hace sentir bien? Invierte tu tiempo y energía sólo en los últimos.

Sé insensible. No se trata de decir “¿Y a mí qué me importa?” cada vez que alguien te consulte un problema. Simplemente, confía en tu instinto para decidir quién en verdad necesita tu atención y quién, en realidad, no.

Ensaya tus excusas. Cuando estamos saturados y exhaustos, paradójicamente nos es más difícil poner límites. Así que ten a la mano frases ensayadas. Ejemplos: “En un momento estoy con usted”. O “¡Ya voy!”, para terminar una llamada de un cliente que ya se pasó 20 minutos en el teléfono.

Quédate en la superficie. Cuando estás con uno o varios amigos, y tocan temas que te llevan a las intensidades profundas emocionales, llega a resultar agotador. La superficialidad puede ser, en ocasiones, una refrescante alternativa. Reírse, contar chistes, y hablar de todo y nada… es lo que más nos relaja.

Conectarnos con los demás, una vez que hemos logrado conectarnos con nosotros mismos, es lo que nos lleva a tener mejores relaciones y una vida más plena. Busca y defiende tu derecho al silencio…