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Por: Gaby Vargas, el 31-Jan a las 10:00:00
Hay cosas que no sabemos que sabemos. La energía que emanamos y que percibimos de los demás es una de ellas.
Hay cosas que no sabemos que sabemos. La energía que emanamos y que percibimos de los demás es una de ellas.
Con seguridad te habrás dado cuenta de que hay algunas personas que al estar con ellas nos llenan de energía, de gusto por la vida, de "buena vibra" como solemos decir; y otras que nos la quitan como aspiradoras en unos cuantos minutos y nos dejan agotados, incómodos o pesimistas. Asimismo, ¿te ha pasado que la energía de alguien es tan fuerte que con su sola presencia provoca que, para bien o para mal, cambie la química del grupo?
Durante los dos años de la primera temporada del programa de televisión que realizamos, tuve sentadas en el mismo sillón frente a mí a diferentes personas. Es curioso cómo a través de la repetición de la situación me fui haciendo cada vez más sensible a la energía que cada entrevistado o entrevistada emanaba. Estoy segura que esto mismo le sucede a cualquier comunicador, doctor, abogado o practicante de cualquier profesión cuya tarea conlleve estar en contacto o entrevistar con frecuencia a las personas.
En la vida diaria, sin percatarnos conscientemente de ello, cada vez que entablamos una conversación con alguien conocido o desconocido, se forma entre los dos una especie de entidad que nuestra intuición reconoce como hostil u hospitalaria. Es decir, en las relaciones personales, uno más uno suman tres.
Observa como al sostener desde un simple diálogo con alguien que nos atiende en un restaurante o un amigo que saludamos a la pasada, hasta una relación con nuestra pareja, se forma con la interacción y el trato un "algo" que flota en el ambiente . Ese "algo" se construye y se percibe a nivel energético, es una sensación que invita o rechaza. Cada detalle, cada palabra, cada gesto o silencio contribuyen a que se sienta de una u otra manera.
Hay ocasiones en las que podemos sentir cualquiera de las dos energías incluso antes de decir "mucho gusto". Sin embargo, al momento siguiente las palabras se apoderan de la relación y, con las palabras, vienen los papeles que jugamos. A la energía se le interpone el juicio y la razón, por lo que hacemos a un lado la intuición.
Cuando en el arte decimos "algo en mi interior se mueve al ver, leer o escuchar una obra", hablamos de esa energía que el artista logra transmitirnos al conectarse con su interior a través de la narrativa, la pintura, la escultura, la música o la actuación; dicha energía permanece a través de siglos, cruza fronteras y culturas. Es precisamente por eso que alguien merece ser llamado "artista".
En esto, tanto los bebés y –perdón por la comparación– los perros son grandes sabios. Ellos no entienden de palabras, ni del puesto, ni del título y menos de la cuenta bancaria de alguien. Ellos perciben a las personas exclusivamente por su energía y por instinto reaccionan de acuerdo con ella. Así, suelen acertar de manera muy precisa sobre quién es honesto en su intento por ganárselos y quién lleva a cabo una mera actuación. Es por eso que como respuesta, aceptan irse o no con quien le pide los brazos, le sonríen o le fruncen el seño. También el perro le ladra a quien rechaza.
Es así que sin importar qué digamos, qué hagamos o qué cara le demos al mundo, nuestro campo energético, producto de nuestro estado mental y emocional, informa la realidad de quiénes somos a la persona atenta. El reto que tenemos, es hacernos conscientes de quién es en verdad el otro, a través de estar conectados y presentes durante la interacción. Y tu energía ¿qué emana?
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